Marina

Despertaba cada mañana sintiendo que se ahogaba. Los ojos llenos de sal, la nariz taponada con algas. La boca abierta, buscando aire. Se acurrucaba sobre la cama, que se mecía con su respiración, hasta que ponía los pies sobre la madera seca. Escuchaba el vaivén de las olas, y no se relajaba hasta comprender que ella estaba lejos, en tierra firme.
Al asomarse por la ventana, apenas podía ver el mar. Se sentía tonta por preocuparse por algo tan lejano y tan extraño. Y volvía a ocultarse en su refugio de piedra y madera.
Pasaba los días dando la espalda a la costa, pero aun así sentía la arena entre las uñas. Trataba de no pensar en ello, pero su mente reflejaba el cielo.
Sus ansias la llevaban al mar. Cada lejano oleaje, cada pequeño vaivén, parecía empujarla. Hacia dentro y hacia fuera. Hacia dentro y hacia fuera. Ella era el océano, y el mar, su luna.
Pero ella se mantenía firme, con pies de plomo. Tomaba aire, y dejaba que el agua le resbalase.
Al fin y al cabo, ella no sabía nadar.
Y así, en sus soledades infinitas, días y días. Ignorando el sol contra su piel, la salitre en el pelo. Respiraba el cantar de las gaviotas y suspiraba el color de la espuma.
Pero ella, se repetía, no sabía nadar.
Así como le invadía el empuje de la marejada, le atemorizaban sus corrientes. Así como ansiaba tocar la arena, temía hundirse y convertirse en un naufragio. Ser una sirena, con las partes equivocadas.
Por eso ella no aprendía a nadar.
Nunca había aprendido a nadar, y eso la corroía. Lo único peor que hundirse sería el patético chapoteo, intentando mantenerse a flote.
Por eso ella no nadaba.
No aprendía.
No respiraba.
Pero el mar parece vivir, parece que tiene alma. El alma de un niño caprichoso, que al final todo lo gana. El mar erosiona, el mar consume y corroe. El mar se come a la piedra, y a la madera, y al plomo.
El mar se acercaba. Tal vez atraído por su rechazo. Tal vez, indiferente a él.
Hasta que un día, al mirar por su ventana, se encontró con el mar golpeando sus muros. Trató de cerrar los cristales, pero el oleaje estalló de nuevo. La espuma chocó contra la piedra, salpicó su rostro y se posó en su lengua.
Y de repente, sintió que podía respirar.
El agua comenzó a entrar a raudales. Por la ventana, entre la madera, por las grietas de la pared. Ella se quedó quieta, recordando que no sabía nadar. Pero sentía sus piernas como escamas, su espalda como el agua. La sal en los labios en lugar de los ojos.
Así que abrió la puerta, y las persianas, y dejó que el agua la envolviera. Se quitó su ropa vieja, llena de tierra y de raíces, y abrazó la fuerza del océano. Dejó que sus pulmones se llenaran, y respiró bocanadas de mar.
Olvidó el miedo. Olvidó el chapoteo. Olvidó que no sabía nadar.
Dejó de ser una sirena, y se convirtió en espuma de mar.

 

 Este relato fue seleccionado en el XX Concurso Universitario de Relato Breve del Día del Libro de la Universidad de La Laguna y publicado en un libro junto con los relatos ganadores y otros dos relatos mencionados.

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